Qué alegría la mía el domingo, cuando me llegó un pedido de huevos frescos, variados tanto en su tonalidad como en su tamaño; desde un caramelo claro, hasta una gran perla brillante, había desde el gordo y orgulloso, hasta el diminuto y elegante.
Aparte de los huevos, también recibí una botella de leche cruda de cabra y queso de cabra; éste último, en aquel punto de frescura que, sin poderse untar, le permite soltar un pequeño y ligero jugo; con una textura parecida a la de la mozarella italiana. Su olor es algo engañoso; fuerte e inconfundiblemente animal, mientras su sabor es suave y ligero con un toquecito de amargor al final.
Trás una conversación con una muy buena amiga, me siento inspirada hablar hoy del sistema de producción de la comida que tenemos, y la fé ciega que le damos. También me está inspirando mucho el libro que estoy leyendo: "The Vegetarian Myth", por Lierre Keith. Es un manifiesto personal; un libro rebosando de pasión, dolor y deseos para un mundo más justo y más sostenible.
Durante 20 años, Keith no comía ni carne, ni huevos, ni productos lácteos ni ningún derivativo de animales ni productos animales; seguía una dieta bien estricta por su convicción de que podía sacar todas las vitaminas y minerales escenciales de comida vegetariana, y de que la producción de carne, lácteos, o cualquier producto de orígen animal era inmoral; por causar la muerte de un ser vivo y por su insostenibilidad intrínseca.
Ondeando suavemente en el viento; cada tallo extendiendose hacía arriba, hacía el sol, como millones de ojitos verdes adorando un cielo brillante. Como en el ejército, cada uno luchando para crecer seguro con la compañía de sus camaradas. Entre ellos quizás encontremos roble, endrino, trébol y otras especies silvestres. Quizás encontremos unos gusanitos, un escarabajo escabulléndose por ahí, unas hormigas mostrando los músclos; todos al amparo de las jabalinas de verdor.
Hierba forma parte y sostiene un ecosistema que incluye una variedad de especies, de plantas, de materia orgánica, de insectos, y de otros animales. La hierba humilde lleva un papel mucho más importante de lo que parece; aumentando la fecundidad de la tierra, convirtiendo la energía del sol en azúcares valiosos, y mejorando la salud de los animales que la comen.
Animales como, por ejemplo, las vacas. Un animal, eso es, que tiene un órgano especial, el rumen, para digerir la hierba. Su proceso de digestión larga incluye una fase de fermentación, por la cual el animal recibe todas las vitaminas, toda la fibra, y los aminoácidos esenciales que necesita. Una dieta compuesta por 80% o más de hierba fresca contribuye al sistema immunológico de la vaca, protegiéndola de infecciones, tuberculosis, y otras enfermedades (1) que son endémicas en la industria lechera hoy en día.
Una industria, esa es, que en vez de dar de comer a las vacas un alimento barato, sostenible, y sobre todo beneficioso para las vacas, las alimenta con una dieta de cereales, soja, maíz, ensilaje producido con el uso de químicos, y suplementos dietéticos. La mayoría de estos alimentos se producen con fertilizantes químicos que no sólo son caros, sino también insostenibles. Es una dieta incapaz de alimentar y cuidar bien a las vacas, dirigida a obtener cantidad de leche o carne en vez de calidad. Vacas de alto rendimiento suelen así sufrir por infecciones de las ubres y otras enfermedades, porque una dieta alta de almidones incrementa la acidez en el rumen. Los microbios producen un exceso de ácido láctico que entra la sangre del animal, desbaratando su metabolismo y salud.
En contraste, una dieta de hierba fresca y bien cuidada, sin el uso de fertilizantes químicos, no sólo fomenta la salud de la vaca, sino también aumenta las vitaminas y minerales que se encuentran en la leche. El líquido blanco se convierte en una fuente rica de vitamina E, omega 3, y ácido linoléico conjugado; un condentiende importante en la lucha contra el cáncer. Cuanta más variedad de especies de hierbas silvestres coman las vacas, más sanas son, y más nutrientes contiene su leche. Las jabalinas de verdor son mucho más que un ingrediente en un paisaje bonito; son claves en el movimiento hacía sostenibilidad, en el mantenimiento de la fecundidad de nuestra tierra, en la salud de nuestros animales, y en nuestra propia salud también.
El brillo de la mantequilla fundida; sentir el jugo de una nectarina fresca cayendo por tu barbilla; sentir la intensidad del sabor del hígado frito en toda la boca; sacar las mejillas amarillas de sus conchas negras con tus dedos mojados en salsa de ajo y perejil; pinchar la yema de un huevo frito y salado, viéndola correr por todo el plato; desmenuzar queso fresco de cabra con su sabor ligeramente ácido encima de tomates flagrantes, madurados bajo un fuerte sol.
En este blog se encuentra mi manifiesto sobre la comida; mis pensamientos, ideas, y conclusiones.
Leyendo este blog, te conviertes en un testigo de mi búsqueda de comida que sea simplemente alimentación, y mucho más al mismo tiempo. Busco comida que no haga daño al medio ambiente; que no esté cubierta por una película de pesticidas; que haya venido de cerca de donde la como; y que me alimente con todas las vitaminas y los nutrientes necesarios; y ¡que sepa bien! Es una búsqueda que viene de una pasión por ambos el mundo natural y mi salud, y la relación entre ellos.
¡Espero que te guste!